El día que dije "bueno, ¿y si corro los 50?"


 Hay ideas que nacen bien. Hay ideas que nacen a las 11 de la noche, después de revisar Instagram, y que igual decides ejecutar.

Esta fue la segunda.


Cómo llegué a Puluqui

Primero, la geografía, porque si no conoces el sur de Chile esto no va a tener ningún sentido.

Puluqui es una isla. Grande. 71 km² más o menos, la más grande del archipiélago de Calbuco. Y Calbuco es una ciudad cerca de Puerto Montt, en la Región de los Lagos, que queda a un viaje de autobús nocturno desde Santiago, más una micro chica que te deja en Calbuco, más un ferry que te cruza a la isla.

O sea: Santiago → bus toda la noche → Puerto Montt → micro → Calbuco → ferry → Puluqui.

No es complicado, pero hay que querer llegar.

Yo siempre vengo a Puluqui en plan familiar. La isla la conozco. Sé dónde están los caminos, los dedos (sí, la isla tiene dedos — penínsulas, le dicen), los atajos. Venía en eso, en modo vacaciones, cuando me enteré de algo.


Nico Quaiquin y el Desafío Puluqui 50K

Nico Quaiquin es corredor de trail. Seleccionado nacional. Y hace unas semanas anunció algo que me hizo doble clic: quería hacer un desafío personal en Puluqui. Sin medallas, sin cronómetro oficial, sin fotos de llegada con sponsors. Solo él, la isla y 50 kilómetros trazados por los dedos y el interior.

Lo llamó el Desafío Puluqui 50K.

Cuando lo vi, lo contacté. Le dije que conozco la isla, que si quería compañía para algunos tramos, con gusto. Él estaba feliz. Su idea era que distintas personas lo acompañen por bloques de 10K — los primeros 10, los siguientes 10, y así. Una especie de posta de apoyo moral.

Ahí terminaba mi rol: acompañante de tramo.

Hasta que se me ocurrió la idea.


La idea

¿Y si corro los 50 completos?

No al ritmo de Nico. No en sus tiempos. A mi ritmo, a mi paso, viendo qué pasa. Sin presión de resultado, pero tampoco sin hacerme trampa.

Una decisión rara para un domingo en una isla del sur, lo sé.

Pero hay algo en Puluqui que invita a eso. Quizás es que la isla te pone pequeño — los cerros, el silencio, el mar que aparece cada vez que subes un poco. Quizás es que acá uno se acuerda de por qué empezó a correr en cerro.

El caso es que la decisión estaba tomada.


¿Qué puede pasar?

Esa es exactamente la pregunta.

¿Qué pasa cuando un tipo se levanta un domingo, mira un mapa con dedos de isla y caminos sin señal, y dice: ya, vamos a ver?

Puede pasar de todo. Y eso es lo interesante.

La ruta existe. El terreno existe. Las piernas también existen — aunque a veces se quejan más de lo esperado.

Lo que viene lo cuento acá.


¿Alguien más ha corrido en islas del sur? ¿Cómo les fue? Cuenten abajo. 👇

patodecerro

Cómo no se podía entrenar en las calles o en las pistas, me di cuenta que a las espaldas de mi casa estaba la montaña.

Publicar un comentario

Artículo Anterior Artículo Siguiente